El todoterreno en el slot no nace como una disciplina cerrada.
Nace como una inquietud. Como una búsqueda.
Surge del intento de trasladar al carril algo más que velocidad: la tracción total, la suspensión, el control sobre terrenos irregulares. Una forma de conducir donde la técnica pesa más que el cronómetro.
El primer gran precedente aparece en España, a mediados de los años ochenta.
Scalextric presenta la serie STS, alrededor de 1985.
Fue una propuesta radical para su tiempo.
Tracción a las cuatro ruedas, motor colocado en diagonal dentro de un chasis común, transmisión a ambos ejes y un largo brazo basculante que mantenía la guía en contacto incluso en las zonas más irregulares.
No eran coches pensados para correr.
Eran coches pensados para superar obstáculos.
Relación de transmisión corta, más fuerza que velocidad, centro de gravedad bajo como parte del concepto. Incluso la escala se alejaba del 1:32 tradicional, aproximándose al 1:43. Modelos como el Nissan Patrol, el Land Rover o el Peugeot 205 T16 reforzaban esa idea de aventura, ampliada con remolques y accesorios específicos.
Las pistas también rompían con lo establecido.
En color arena, simulaban caminos de tierra con rodadas, desniveles y obstáculos. Puentes colgantes, rampas, saltos. Cada tramo exigía planificación y precisión.
Incluso los mandos incorporaban una palanca para invertir la polaridad y permitir la marcha atrás. Un detalle poco habitual en el slot, pero fundamental para tomar impulso y afrontar los obstáculos.
La filosofía era clara: mantener el coche en pista, gestionar la tracción, leer el terreno.
Un planteamiento innovador que se mantuvo hasta 1989, quizá demasiado adelantado a su tiempo.
A comienzos de los noventa llegó una segunda etapa.
En 1991 apareció Scalextric TT.
Esta vez, la clave fue la integración. Las pistas, con un relieve empedrado, eran compatibles con el sistema tradicional. Los coches, todoterrenos de tracción total como el Peugeot 405 T16, Nissan Patrol o Buggy, podían rodar en circuitos estándar sin necesidad de mandos específicos.
Eran más sencillos técnicamente que los STS, pero mucho más accesibles.
La escala se normalizó, el comportamiento se acercó al slot convencional, aunque conservando mayor altura, tracción y tolerancia al deslizamiento.
El Raid Slot empezaba a consolidarse.
Otras marcas recogieron el testigo.
Ninco vio el potencial y desarrolló su gama Ninco TT. Sus coches eran más ligeros y rápidos, al prescindir de reductora. Apostaron por un raid más veloz, aunque con limitaciones en obstáculos grandes debido a su guía más corta. Esto obligó incluso a adaptar algunos tramos en competición. Modelos como el Mitsubishi Pajero, el Touareg o el Ford Truck acabaron formando una categoría propia dentro del Raid Slot competitivo.
Más tarde, Avant Slot aportó una visión centrada en el realismo y la precisión mecánica.
Chasis estudiados, mecánicas refinadas y un alto nivel de detalle. El Mitsubishi Evo fue uno de sus referentes, pero sus camiones marcaron un punto de inflexión en la especialidad. Incluso se atrevieron con un Quad, ampliando aún más el concepto.
Power Slot también contribuyó a la evolución con modelos menos sofisticados en acabado, pero importantes por abrir el abanico con vehículos inéditos hasta entonces, como el Hummer en distintas variantes.
A medida que la disciplina crecía, surgió una nueva etapa: la artesanal.
Chasis fabricados en metal, plástico, fibra o soluciones mixtas, concebidos específicamente para raid. Se priorizaban parámetros distintos al slot de velocidad: mayor altura libre al suelo, flexibilidad estructural, basculación controlada y una distribución de pesos pensada para maximizar la tracción en superficies irregulares.
El coche dejaba de ser un producto cerrado.
Se convertía en una máquina ajustable.
Regulación de ejes, soportes de motor intercambiables, distintas relaciones de transmisión, sistemas de basculación adaptables a cada tramo. La puesta a punto pasaba a ser tan importante como la conducción.
En este contexto, propuestas como Mitoos adquieren especial relevancia.
Mitoos recoge muchas de las soluciones nacidas en el entorno artesanal y las traslada a plataformas más estandarizadas, manteniendo el enfoque técnico. Sus chasis modulares permiten múltiples configuraciones, adaptando el comportamiento del coche a distintos terrenos y reglamentos.
Actúa como puente entre la experimentación casera y la producción especializada.
Consolida una forma de entender el Raid Slot donde el control, la tracción y la puesta a punto son la esencia.
Desde los experimentos pioneros del STS, pasando por la consolidación del TT y la evolución técnica posterior, la historia del Raid Slot es una historia de adaptación constante.
Si miramos atrás con calma, el Dakar y el Raid Slot han recorrido caminos sorprendentemente parecidos.
Ambos nacieron como una aventura.
No se trataba solo de ganar, sino de llegar.
Con el tiempo llegaron las grandes marcas, la tecnología y los reglamentos. La competición cambió. Pero aquí los caminos se separan.
En el Dakar real, los pilotos amateurs fueron desapareciendo.
En el slot ocurrió lo contrario.
Fueron los aficionados, los chasis artesanales y las ideas nacidas en casa quienes empujaron al Raid a evolucionar. La industria no creó el Raid Slot. Respondió a él.
Y quizá por eso conserva algo único.
Ese espíritu de aventura, creatividad y pasión que hizo grande al Dakar cuando todo empezó.
Una disciplina donde la velocidad es solo una variable más…
y donde la diferencia la marcan el control, la técnica y la capacidad de superar el terreno.





















